NADAR AL CIELO

Mientras sus pasos tocaban la arena, ella iba con ojos cerrados sintiéndose centro. De sus pies brotaban raíces que llegaban hasta el núcleo de la tierra. Energía magnética, pegándola a la madre, a la abuela. Como un feto, a través del ombligo comiendo, ella estaba conectada al poder de creación más fuerte, enamorada de esa sensación de estar totalmente anclada a un planeta, sintiéndose Tierra. Del tope de su cabeza nacía un rayo de luz descomunal que tocaba el centro del Universo. Energía eléctrica, dejándola ser sol, ser cielo, conciencia. Absolutamente protegida, agradecida, se sentía el cuerpo, tan completo, templo del misterio. Divinidad, ella era dios porque sentía a dios dentro.

Bajo esas fuerzas equilibrando sus pasos, caminó hasta dejarse volar en el mar, flotando en agua con sal. Dicen que la muerte concede un último baile en la Tierra antes de partir, y deja escoger el lugar. Ella tiene claro desde hace mucho tiempo ya, que su lugar es el mar. Porque las olas son las que le han lavado mucha enfermedad. Y entonces ahí estaba, una vez más, saboreando esa inmensidad. Y ante el silencio de tal profundidad, se acercaron unos peces a invitarla a entrar. Se sumergió y nadó tras ellos, siendo pez también. Llegaron a una cueva, llena de plantas marinas, vivas, que le daban la bienvenida con unos cantos de tal melodía que la hicieron llorar de la risa.

Adentrándose en ese escenario tan incierto, chocó con un suspiro dentro de su pecho, al encontrarse con infinitos árboles seduciendo al viento, cielo y tierra tras una cueva bajo el agua. Ese bosque fue el abrazo del no tiempo. Maravillada, siguió un camino marcado con piedras, hasta llegar a una puerta inmensa de madera, con grabados de flores, lunas y soles. Al abrirla, sus pupilas se llenaron de luz y juego. Era un lugar de gente siendo gente, brillando todos sus colores. Todos haciendo, moviendo. Empezó a recorrer el lugar con risa en su ojos y en su vientre, hasta que se encontró con una figura al fondo, que sería ella misma, 40 años después.

La señora, de pelo muy largo y arrugas que respaldaban su sabiduría, se reconoció de inmediato en la joven, llevaba años esperándose. Se dieron tal abrazo que les llegaría siempre a hoy. La joven le hizo cuántas preguntas cabían en su mente para darse cuenta que no hay respuestas, que la única verdad es tan misteriosa como esa diosa que siente dentro. Y entonces se fue de allí cargada de magia, repleta de vida.

Al desenredar su camino de vuelta, pasó de nuevo por el bosque, por la cueva y los cantos hasta encontrarse de nuevo en el mar y nadar hacia la arena. Ya sentada a la orilla, con su mente en blanco, embobada por todo lo que recién había experimentado, notó que tenía una bolsita en sus manos, al abrirla, encontró un lápiz y un cuarzo, acompañados de un papel que decía: “Amor, perdón y acción, para crearte la vida que mereces”. Regalos de la vieja, que sabe más que ella.

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