ZAMÁ

Hubo un día que su mamá me llamó desde México para decirme que usted quería nacer, que usted la andaba buscando justo a ella para probar un ratito lo que es tener un cuerpo. Desde ese día me enamoré de usted por ser lo suficientemente necia para convencerla a ella de traerla a un mundo material tan lleno de excusas y miedos, porque usted sabía que usted es más fuerte que eso, y que necesitábamos de su existir para entender de la existencia. Usted es algo irreal que vino a pararse en medio de nosotras para enseñarnos una de las lecciones más grandes que la vida nos ha dado. Usted vino como símbolo de la guerrera que vive dentro de su madre, vino para irradiar una luz que encandila tanto que me costó muchísimo acercármele.

El día que me di cuenta que usted ya estaba aquí, celebré por 3 días dibujándole cuentos, y lloré tanto como niño malcriado a quien le quitan el juguete nuevo. Cuando me concentraba en su nombre me empezaba a temblar el alma, y se me descontrolaba el cuerpo al punto de no entender si su vida era una nueva droga. Me emociona mucho pensar que hoy usted puede alimentarse de la mujer que me alimentó el corazón por tantos años, que pueda tragársela y devorársela en cada sorbo de leche y en cada mirada que choque con los ojos de ella. Me hace muy feliz que hoy exista un pedacito extra de la mujer que por siempre marcó mi vida.

Pero el péndulo me dejaba también sentir el dolor paralelo, que no me permitía encontrar la fuerza para verla. Me destrozaba no poder estar cada mañana a su lado, no poder escuchar sus gemidos a diario, y no poder ver sus ojos desorbitados de tanta luz, tanto nuevo sucediendo. Las sentía tan lejos que me desboronaba intentando alcanzarlas.

Hubo un día que estuve cerca de su primer techo, como por 45 minutos, con el dedo sobre el teléfono, con miedo de marcar. Sentía el corazón tan acelerado al ver esa mínima posibilidad de por fin verla y tenerla en mis brazos, y decirle, sin palabras, cuanto la amo. Por esos minutos la sentí tan cerca que su aura tocó la mía. Y marqué, y después de muchos tonos sin respuesta, contestó su papá para decirme que estaban ocupadas alimentándose una a la otra, que llamara después. Fue tan difícil para mi llamar esa vez, que simplemente no pude hacerlo de nuevo, a pesar de que pasé 20 minutos más, inmóvil sobre el concreto.

Pero si no iba a verla no era porque no quisiera, sino más bien porque la amo de una forma tan acelerada que no me sentía capaz de canalizar lo que sintiera. Pero la vida nos fue preparando, a las tres, para un primer encuentro, lleno de abrazo y silencio. Bastó sentirla en mis brazos un rato, para hoy llevarla en lo más adentro. Bastó verlas, juntas, una misma partida en dos, para entender que usted es tan fractal como el universo.

Gracias por nacer, por ver, por sentir, por probar, por tanta curiosidad, por tanta fuerza, voluntad, presencia. Usted vino a demostrarme que para amar no hay que estar cerca, y para abrazar no se tiene que tocar. Hoy, después de muchos besos que he podido darle, entiendo, que usted es medicina, y es hermoso digerirla, digerirse la vida. Ambas son hoy parte de mi centro, acá las llevo, acá las siento, y les hablo y les canto todo el tiempo.

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