JUEPUTA RESISTENCIA

Pedí el uber.  -Tita, está lista? -Si ya, vamos.

Entre diálogos con el conductor, me dejé eso que dijo de que a la muerte no hay que abrirle la puerta, pero tampoco hay que cerrársela. 

Llegamos y tío estaba ya en la entrada. Tita vestía de rojo, intenso, y tío de oficina. Cruzamos la sala de espera, pasamos a los oficiales que debieron registrarme el bulto, pero en realidad no hicieron más que preguntarme si llevaba cosas personales. Dije que si. Caminamos hasta el ascensor. 5to piso, y avanzamos por el pasillo. Llegamos y ahí estaban, todos vestidos de azul, y al final, él. Su silueta me dibujaba al frente toda una vida de recuerdos a su lado. 

De inmediato quiero llorar. Y soy la más torpe para frenar eso. Que me he alcahueteado tanto que ya no puedo evitarlo. No entiendo cómo hace mami para llegar cada día a darle de comer. No entiendo cómo hace tita para tomar su mano cada vez. Tanto él como ella andan, últimamente, el gesto más triste que les he reconocido antes. No puedo imaginar lo difícil de soltar a alguien con quien se vivió lo más.

-Chofita, cómo está?, me dijo. -Bien tito. ¿Qué más podría haberle dicho con tanta dificultad que tiene él para escuchar? No tenía la fuerza yo para gritar, no pude hablarle más. Él volvía los ojos en blanco y respiraba, entre tanto tubo, con mucha dificultad. Tantas veces que me había contado él mismo lo que era estar metido en un hospital, y ahora eran todas sus historias pasadas hechas “ya”. 

Dice él que aún no quiere irse. Y nadie entiende qué es lo que busca entre tanto dolor que acá vive. Jueputa resistencia la de mi abuelo. Qué fuerza. Qué persona. Qué cuerpo. Tanto amor, tanto dolor, tanto perdón, tanta culpa, tanta vida, tanta muerte. El misterio de tanta ofrenda, es él. Que siempre me dice que le agradece a dios que sea él quien sufre y no ninguna de nosotras sus “nietecitas”.

Me va hacer falta, si se va. Nos haría falta a todos. Ver sus dedos inflados buscando cualquier cosa en google para entretenerse, como “propiedades del tomate”. Oírlo decirle “negra” a mi abuela. O estar todos alrededor suyo gritándole al oído derecho para que nos escuche. Verlo comer, con tal gusto, sus gallos de aguacate o picadillos de chayote, cocinando yuca o partiendo mango para darnos. “Porque si yo no lo pico, nadie se lo come”, dice. Me haría falta oírle decir al visitarlo “Chofita, hace un mes que no la veo”, aunque me haya visto hace una semana. 

No entiendo qué lo ata a este mundo donde pareciera que su ciclo ya acaba. Lo único que queremos es que descanse en paz, que deje de guerrear. Pero le queda algo más que solo él sabrá, o descifrará.

Puse un paño mojado en su cabeza y vi en su rostro un gesto de placer que me dio placer a mi. Acaricié su pelo, el poquito que le queda, su barba blanca que viene ya saliendo de tantos días ahí metido, en la misma posición, sin derecho a dar vuelta, sin derecho a orinar en paz, a respirar sin molestia. Qué injusta puede ser la vida si no se tiene aire suficiente para vivirla. Cómo debe odiar ya ese lugar. El otro día pidió que porfa lo llevaran a su casa, que quiere morir en su cama. Pero los doctores dicen que si le desconectan todo, no llega ni a la primera planta.

Estuve a su lado hora y media, sin soltarle la mirada. Le besaba las manos, le escribí lo poco que quería decirle en un papel, terminando en GRACIAS, me volvió a ver, me sonrió con los ojos. Le tiré un beso, o dos, o tres, y me sonrió más fuerte. Después volvía a esconder sus pupilas y a concentrarse en respirar para no ahogarse. No le gusta respirar por esa cosa, pero no tiene chance de escoger esta vez.

Cuando le dije que me iba, lo besé 4 veces más. Y él, con su mayor esfuerzo levantó su mano para percinarme. Me voy tranquila aunque se que en el fondo él no quiere que me  vaya. Hora y media fue, para salir destrozada pero convencida, de que nadie es más fuerte que él.

Pero tito, en cuerpo o esencia, nos volveremos a ver.

 

Sesión fotográfica, 2014.

“Es su piel contándonos cuentos. Masticando los años para acordarse de la gallinita ciega que le abrió la ceja con el poste de luz y de la espina de limón que le dejó su pincelada en el brazo. Reconoció una vez más al garrobo que intentó matar en la poza y al caballo que le tatuó la pierna. Y yo atenta, mientras me contaba cómo sobrevivió al accidente que le quebró las costillas, a la operación de la pituitaria, al sello de agua para salvarse el pulmón, al corazón abierto y en freno, a los drenajes en el pecho, al tubo que le metieron en la garganta impidiéndole respirar. Pero es que a todo le gana su sed por vivir.”

 

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