DIVORCIADA

Hubo un día, sobre el piso de madera de aquella casilla que parecía mentira, que frente a los inciensos, ella le dio del rapé que hizo con sus propias manos. Hojas de tabaco y guarumo, todo cocinado, seco, molido, en un solo viaje hacia los sentidos. Estaban sin ropa, tocándose sin tocarse. Ese día comenzó el viaje. Ella entró en quietud. Él comenzó a acariciarse a si mismo de forma muy suave. Estaban en total oscuridad, bajo los párpados cerrados en plena luz del día, tragándose en silencio un pedazo de vida que compartían. Ese día aún no entendían la dimensión de cuánto se necesitaban, cuánto se ayudarían.

Se encontraron para saciarse y ahogarse, para sacarse los demonios más densos, para aprender de mundos opuestos, de extremos que necesitan bajar al centro, de espejos perdidos buscando alimento. Y así, con mente en blanco, saltaron. Sin cuidado. Sin saberse, ni conocerse. Sin querer hacerlo, ni necesitarlo. Decidieron, sin decidir realmente, conocer lo desconocido, jugar a conocerse. Y entonces se escogieron hermanos, esposos. Y que palabra tan fea, esposos. Se esposaron, sin entender la inmensidad del término. La vida los empujó, y ellos se dejaron ligeros, sin una pizca de fe en el papel y en la firma, pero apostándole a ser compañeros de vida. Y es que nada más bonito que compartir el aire que se respira.

Compartían guerra y armonía, para suceder cada uno al lado y devorarse los días. Todo se volvió trabajo en equipo, en ese entonces el mejor equipo. Cada uno con su lado de la cama favorito. Y se sentía bien, limpiarse el cuerpo juntos, enredarse tanto la mente, discutir millones de puntos de vista diferentes, dormir junto a un calor de piel ajeno, ver otros ojos cada luz de día, compartir preocupaciones y cargas de la vida, llorar, reír, cocinar, comer, pintar, ir al super, planear un viaje, fumar por la ventana. Segundo a segundo, se fueron volviendo uno.

Él tomaba café fuerte y con canela, detestaba el huevo frito y embarrarse las manos con crema, se baña más de una vez al día y saca la lengua cuando se concentra, su pasión todo lo que involucra sus manos, o reparar chunches que están malos. Le gustaba correr hasta terminar hecho pedazos y a veces tenía ademanes afeminados, es que es Virgo. Se le salía el acento del sur cuando dialogaba emocionado, se le marcaban los camanances cuando estaba drogado, y una mirada perdida y oscura lo dominaba cuando se sentía ahogado. Ella le conoció en todas sus frecuencias, en todos sus tonos de voz diferentes que dependían de cuán débil o cuán fuerte. Lo vio con miedo y lo vio valiente. Le vio llorar por extrañar Neily, por querer ver a sus abuelas, que allá lejos, entre tanto verde que acá desaparece.

Se cosieron, si, pero todo telar puede romperse. Entendieron que a veces se odiaron, con total derecho, que entre amor y odio no hay mucha diferencia. Este cuento no es de murciélagos en la panza, no es una historia romántica. Ellos son una historia de la vida real, donde los seres humanos nunca serán un “completo” de otro. Ellos, tan opuestos pero tan espejos, tan intensos. Solo entre necios podían deformarse para tanto enriquecerse, para absorberse, entenderse. Pero fue tanto que se desbordaron, se tornó imposible un para siempre. Y aún sabiendo el final, ella volvería a hacerlo todo igual, mil y un veces, porque juntos fueron la medicina justa para cada quien encontrar su propia ruta.

Ella lo vio ser el más fuerte, el más inteligente, el más dulce, el más intuitivo, el más grosero, el más terco, el más sonriente, el más serio, el más seguro, el más incómodo. Lo vio ser muchos papeles, pero hay uno que le domina, el que es feliz mientras todos lo sean. Esa su mayor esencia, la más pura, la más grande de todas, servir. Él es quien deja impacto por sus pequeñas acciones, creaciones. Y hoy ella le agradece por cada semilla que le implantó, porque le enseñó a dejar de rodar, a caminar paciente, y a salirse de toda realidad a punta de pinceles. Hoy se agradecen, porque aunque lejos, se han marcado para siempre.

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